En el escenario había una guitarra, un contrabajo, un arsenal de percusiones y suficiente oscuridad para que cada sonido pareciera llegar desde otro lugar. El viernes 21 de agosto, Lucrecia Dalt presentó en el Teatro María Grever una de las noches más singulares del FIACmx.
Su música nunca se instala del todo en un solo territorio. La electrónica convive con impulsos rítmicos que recuerdan su origen colombiano; la voz puede conducir una melodía y, un instante después, transformarse en textura, susurro o señal. No hay una frontera clara entre canción, relato y diseño sonoro.
Junto a sus dos músicos, Dalt trabajó con una precisión que no eliminó el riesgo. El contrabajo dio peso y profundidad a las piezas, mientras la percusión —extendida entre tambores, metales y pequeños objetos sonoros— introdujo golpes secos, vibraciones y detalles que aparecían y desaparecían en la mezcla.
Más que llenar el espacio, el trío hizo que el público escuchara lo que ocurría dentro de él.
La atmósfera se construyó con paciencia: bajos que parecían moverse bajo el piso, silencios prolongados, luces contenidas y una voz capaz de sonar cercana y distante al mismo tiempo. Por momentos, el concierto tuvo la tensión de una película que todavía no revela su argumento.
El Teatro María Grever registró una gran asistencia para una propuesta que exige atención. Lejos de convertir la escucha en una experiencia solemne, la respuesta del público confirmó que también hay espacio en León para los lenguajes menos previsibles y para conciertos que no entregan todas sus claves de inmediato.
Lucrecia Dalt no buscó resolver el misterio. Lo dejó vibrando entre la guitarra, el contrabajo y la percusión, incluso después de que el escenario quedó en silencio.










